Fuente Palmera

Los primeros colonos llegaron a Fuente Palmera en noviembre de 1768 y se fueron agrupando siguiendo el criterio de la nacionalidad para facilitar la comunicación entre ellos. En un primer momento los extranjeros predominaron en todos los departamentos; el número de españoles se concentró más en el 1º Departamento en donde representaron el 39% frente al 61% de extranjeros, franceses y alemanes; el mayor número de familias se concentró en el Departamento 2º, siendo el 96% extranjeros, alemanes y franceses; en el 3º los extranjeros fueron el 97%, alemanes e italianos; el 85% en el 4º, italianos, alemanes y franceses y 100% en el 5º, italianos, alemanes y franceses. En los primeros años hubo una bajada importante de las familias extranjeras motivada por el desencanto ante el panorama de trabajo que se les ofrecía, inadaptación al clima, muertes por epidemias e infecciones, etc., las vacantes que ellos iban dejando fueron ocupadas por españoles comarcanos, especialmente de La Rambla, Écija, Posadas, etc. y comenzaron a proliferar los matrimonios mixtos. En los primeros años las suertes fueron pasando de unas manos a otras en un continuo trasiego, lo que impedía que las labores agrícolas avanzaran. Se estableció una Iglesia parroquial en Fuente Palmera (Arzobispado de Sevilla) y dos capillas para atender a los colonos de las aldeas cercanas, una en Fuente Carreteros, también perteneciente al Arzobispado de Sevilla y otra en La Herrería, de la Diócesis de Córdoba.

Fuente Palmera

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La primera tarea que tenían los colonos era el desmonte y limpieza de las suertes para poder sembrar. Tras el desmonte se procedía a la siembra y para facilitar el grano se creó el Pósito de Labradores que desde 1774 tenía unas ordenanzas reguladoras de su función. Prestaba a los colonos el grano para la sementera que devolverían tras la cosecha, con las “creces” correspondientes. En general los labradores tuvieron bastantes dificultades para devolver el trigo y casi todos tenían adeudos en el mismo. Éstos se ponían de manifiesto a la hora de los cambios de suertes por sucesión, traspasos, compraventas o arrendamientos, en donde era condición inexcusable para el nuevo poseedor eliminar dicho adeudo.

La lentitud en el desmonte y la mala calidad de la tierra hicieron que los directivos de las Nuevas Poblaciones pusieran desde el primer momento sus ojos en los plantíos de olivar y vid. En 1779 el subdelegado Quintanilla decía que se podían hacer “plantíos de olivares, viñas y arboledas para los que estos terrenos son muy a propósito”. Adentrados en el s. XIX y tras los destrozos provocados por la Guerra de la Independencia, así como la incertidumbre de los cambios políticos a nivel central que dejaron el Fuero en suspenso en las épocas constitucionales, se comenzó a pensar en extender los plantíos de olivar y vid. En 1815 el intendente Pedro Polo de Alcocer diseñó un Plan de plantíos que se hizo público el 25 de enero de ese mismo año y que consistió en tomar suertes que no fueran aptas para cereal o que estuvieran abandonadas, y formar con ellas “pagos” cercados que se dividirían en pequeños trozos de unas cuatro fanegas de tierras, quiñones, y que se repartirían entre los colonos cercanos que los solicitaran.

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